Este es el primero de, seguramente, un alarga lista de libros de artista que producirè durante mi existencia fìsica y tangible... el gènero Libro de artista es nuevo en las artes y si quieren más informaciòn deben buscarla justamente en otro sitio web, es probervial el hecho de que "los escritores no escriben libros, escriben textos"
consigna del dìa:
!!!Hombres del mundo apropiaos de los libros!!
martes, 28 de abril de 2009
martes, 14 de abril de 2009
lunes, 19 de enero de 2009
Esto lo escribí con las manos
En una ciudad casi todo fue prestado
En una ciudad casi todo fue prestado, por lo tanto la gente se debe muchas cosas, y las cosas hay que devolverlas. Revistas, plantas collares, mesas, carpetas, lavarropas, pájaros, pantalones, agujas de tejer, poemas, máscaras, carteles, bolsas, lupas, campanas, palas, abrochadoras, ventiladores, bombillas, calculadoras, botes, sombreros, cables, espejos, parlantes, frascos, colchones, capuchones, esponjas, perchas, camillas, raquetas, cortinas, llaveros, televisores, toallas, peceras, rodilleras, broches, naipes, rayadores, globos, lápices, y otras tantas que no hace falta nombrarlas. Nadie parece querer dar a sus dueños lo que en verdad obtuvo en calidad de préstamo, aunque hay que reconocer lo difícil que es acordarse de quién es cada cosa y a quién reclamarle lo que a uno le pertenece, ni que hablar del esfuerzo que significaría trasladar los objetos hacia las respectivas casas de los legítimos propietarios, que quizá no sean las que habitan sino otras ocupadas temporalmente hasta ser restituidas.
El caso es que la mayoría es adepta al trueque y sin miramiento se intercambia lo ajeno: un póster por un tablero de ajedrez, una jaula por un picaporte o una taza por una mochila. Esta práctica se ha vuelto considerablemente extendida al punto que muchas personas lograron recuperar lo que alguna vez prestaron, sin embargo y a pesar de los reencuentros la gente no ha dejado de permutar los objetos recuperados. Nadie reclama ya lo suyo porque no es de nadie. Es extraño ver dinero; las amas de casa no dudan en pedir la oferta de tomate perita ofreciendo a cambio una regla “T” o un cenicero de porcelana; inclusive llegó a sostenerse con notable vehemencia el surgimiento de una transformación en los valores de la gente, podría decirse que conservar o apegarse a los objetos son cualidades juzgadas de muy mal gusto.
Esto que escribo me lo contaron en un colectivo, y en ese mismo momento pensé en bajar y creo que lo hice a tres o cuatro paradas, estaba impactado por el modo en que ese desconocido me había convencido de tan inverosímil circunstancia.
Creo que como dos años después visitando unos familiares en el sur escuche que en un café alguien hablaba de la misma historia, decía que esa ciudad estaba cerca de Neuquen y pensé que en mi recorrido de vuelta tenía que pasar por ahí
Llegué al mediodía y por la tarde anduve en la calle dejando caer cositas del bolsillo, para después volver a pasar y ver si todavía estaban en el mismo lugar. Alguien canoso se me acercó diciendo que sabía lo que estaba haciendo, que dejara de hacerlo, quise seguir sin prestarle atención pero dos inspectores se pararon delante y me leyeron la ordenanza municipal que sancionaba cualquier acto antipuritano, me dieron dos horas para recoger lo que había tirado y la dirección de la oficina de asuntos relacionados con costumbres foráneas.
En una ciudad casi todo fue prestado, por lo tanto la gente se debe muchas cosas, y las cosas hay que devolverlas. Revistas, plantas collares, mesas, carpetas, lavarropas, pájaros, pantalones, agujas de tejer, poemas, máscaras, carteles, bolsas, lupas, campanas, palas, abrochadoras, ventiladores, bombillas, calculadoras, botes, sombreros, cables, espejos, parlantes, frascos, colchones, capuchones, esponjas, perchas, camillas, raquetas, cortinas, llaveros, televisores, toallas, peceras, rodilleras, broches, naipes, rayadores, globos, lápices, y otras tantas que no hace falta nombrarlas. Nadie parece querer dar a sus dueños lo que en verdad obtuvo en calidad de préstamo, aunque hay que reconocer lo difícil que es acordarse de quién es cada cosa y a quién reclamarle lo que a uno le pertenece, ni que hablar del esfuerzo que significaría trasladar los objetos hacia las respectivas casas de los legítimos propietarios, que quizá no sean las que habitan sino otras ocupadas temporalmente hasta ser restituidas.
El caso es que la mayoría es adepta al trueque y sin miramiento se intercambia lo ajeno: un póster por un tablero de ajedrez, una jaula por un picaporte o una taza por una mochila. Esta práctica se ha vuelto considerablemente extendida al punto que muchas personas lograron recuperar lo que alguna vez prestaron, sin embargo y a pesar de los reencuentros la gente no ha dejado de permutar los objetos recuperados. Nadie reclama ya lo suyo porque no es de nadie. Es extraño ver dinero; las amas de casa no dudan en pedir la oferta de tomate perita ofreciendo a cambio una regla “T” o un cenicero de porcelana; inclusive llegó a sostenerse con notable vehemencia el surgimiento de una transformación en los valores de la gente, podría decirse que conservar o apegarse a los objetos son cualidades juzgadas de muy mal gusto.
Esto que escribo me lo contaron en un colectivo, y en ese mismo momento pensé en bajar y creo que lo hice a tres o cuatro paradas, estaba impactado por el modo en que ese desconocido me había convencido de tan inverosímil circunstancia.
Creo que como dos años después visitando unos familiares en el sur escuche que en un café alguien hablaba de la misma historia, decía que esa ciudad estaba cerca de Neuquen y pensé que en mi recorrido de vuelta tenía que pasar por ahí
Llegué al mediodía y por la tarde anduve en la calle dejando caer cositas del bolsillo, para después volver a pasar y ver si todavía estaban en el mismo lugar. Alguien canoso se me acercó diciendo que sabía lo que estaba haciendo, que dejara de hacerlo, quise seguir sin prestarle atención pero dos inspectores se pararon delante y me leyeron la ordenanza municipal que sancionaba cualquier acto antipuritano, me dieron dos horas para recoger lo que había tirado y la dirección de la oficina de asuntos relacionados con costumbres foráneas.
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